Krull confía en las palabras ajenas. No conoce los caminos alternativos del engaño, su forma externa delata el pensamiento innato. Seis tentáculos se sujetan al cuerpo que se apoya en un solo pié. La cabeza sobresale altiva sobre hombros nada robustos. Su fuerza es la palabra, pues cuando la emite se materializa, pero sólo algunas horas.
En ese paisaje boscoso —coloreado por un sol azul— transita Krull sus días de seiscientas trece horas rodeado de amigos, preparándose para la batalla que se entablará con el pueblo invasor.
Los humanoides habían llegado del planeta Tierra, habiéndose deformados temporalmente por respirar la atmósfera mercurial del planeta. El verdadero objetivo no es la invasión, sino tomar vivo a uno de los habitantes oriundos del planeta para investigar la particularidad de su palabra, robarle el ADN, transportarlo hacia la Tierra y exponerlo en la atmósfera oxigenada, y así llegar a dominar la piedra filosofal de la palabra.
Los Riburos son los únicos habitantes del planeta K-1803, que conviven en armonía y equilibrio emocional, ya que su comunicación es telepática. No existe la privacidad del pensamiento en su proceder, obligándolos a no conservar rencores ni sentimientos contradictorios, producto también del poco uso que hacen de la palabra debido a su efecto.
Dado que los humanoides anhelan conservar al ejemplar vivo, no desean la armada batalla frontal, solicitando una negociación previa argumentando el engaño de la convivencia como señuelo tentativo.
Dada la ignorancia humana de que los Riburos son telepáticos, solicitaron dialogar con el líder de los mismos, ignorando que no existe tal esquema social, pues todas las temáticas se solucionan de inmediato con la aprobación general, sin importar el lugar de la presencia. |
Reconciendo los Riburos que no pueden leer el pensamiento de los humanoides, enviaron a Krull para escuchar y transmitir las intenciones terráqueas.
Al ver los humanoides que un solo Riburo ingresa en la mesa de negociación, improvisaron un intento de rapto para dar solución a las pretensiones fundamentales. No sospecharon que se enfrentaban a muchos en el mismo instante que encaran a uno sólo de ellos.
La reacción de los Riburos resultó instantánea. Con un simple grito lejano congelaron las intenciones terráqueas, el tiempo suficiente para que Krull tomase la salida de la huída para no exponerse, mientras destruían a todos los humanoides helando sus corazones. Las armas se desvanecieron bajo ácidos nucleicos y sus cosmonaves se sumaron a la basura espacial.
Un informe en la Tierra postergó el avance bélico hasta desarrollar astronaves científicas de mayor potencia, que transportasen el ambicioso plan de conquistar el universo. |