Cuando asumes la presencia de tu ser en el escenario de la vida que transitas, es cuando la nostalgia invade sin permiso el ánimo circunstancial; pero si descubres el matiz de esa melancolía tan particular es posible destituirla del trono autoritario, desde donde brama advertencias de inacción con amenazas roncas y vacías de consecuencias.
No confundas recuerdos con soledad, ya que ambos sobrevuelan la tristeza del corazón abatido, siendo que el recuerdo te atrae hacia un pasado que supones mejor que éste presente y no te permite estar en el simple verbo de respirar el ahora, mientras que la soledad es el presente activo, que cuando se padece desgarra al ímpetu para destacar por debajo de la piel el asedio del desaliento.
Al incursionar en el ánimo como cierto reflejo exterior de un sentimiento o emoción profunda, destacamos que el camino se despeja en su andar, sin impedimentos ni despeñaderos que lo amedrenten para detenerse, pero al tomar conciencia de la situación podemos moderar la irrupción intentando el camino de regreso, insuflando el aire necesario para que la oscuridad se encandile con respuestas de alegría y aceptación. No implica engañarse ni posar una nube sobre la verdad, sino desplazar el tiempo invasor para mejores circunstancias donde las armas que dirimen el cuestionamiento se encuentren desenvainadas y prestas para que el sentido común juzgue con equilibrio y sensatez. |
Permitir que la melancolía nos abrace responde a los valores negativos de nuestra propia autoestima, como un termómetro que sube y baja al compás del microclima que nos rodea, donde las influencias externas se validan en sus facetas grises y plomizas, despreciando los brillos bajo la alfombra de la vanidad, sabiendo que simplemente aspirando el oxígeno de la evaluación armonizada recuperamos nuestro ser en la medida de nuestra presencia habitual e influyente, desbordando satisfacción hasta que el nivel exacto halle su propia pleamar.
No siempre logramos el éxito en el escenario donde actuamos —con o sin voluntad de actor—, sugiriendo el tablado experiencias y méritos que se acumulan en la trastienda de la personalidad ocultando sus futuras consecuencias en el instinto lógico de la madurez, pero brotando cuando el dique impulsivo se deja sobrepasar para no ser destruido, protegiendo al rencor de la muerte prematura.
Empuñar la diplomacia anímica para enfrentar lo cotidiano mejora la salud de nuestro talento y estimula la delicadeza de sabernos presentes ante otros, virando situaciones a favor sin ocultar el finito límite de simetría entre la amonestación y la sugerencia. |