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Estructura versátil
C por Teodoro Valentin - 24-Ago-2015
 
Podemos apreciar dos maneras de pertenecer, una es participando y la otra involucrarse. Ambas situaciones responden a la naturaleza humana de formar parte de
un medio social, siendo la concientización de valores
la intensidad en la intervención.

La participación se fundamenta en la simple presencia sin estimulación hacia el medio, sino permanecer influenciado por el mismo, actuando en consecuencia realizando actos y asimilando pensamientos comunes que satisfacen al sentimiento personal de adherencia. Esta actitud se desarrolla en la mayoría de los componentes en determinado grupo, formando al conglomerado necesario que autoriza al grupo ser como tal, y que permite recrear la sensación de que el camino mayoritario es la verdad categórica, nutriendo –al aumentar la cantidad– la convicción de recorrer el sentido absoluto de la vida sobre la grava de sus principios.

Involucrarse es participar en la estructura, en el andamiaje que conforma los valores éticos y morales que sostienen y movilizan al contexto, tanto en el soporte de su solidez como en la adaptación constante a las tecnologías imperantes de la época, que permite identificar a los participantes en la ideología como fundadores del sistema. Participar también implica resguardar y defender dicha estructura por encima de cualquier acción, evitando actos que se escapen –o se desvíen– de los principios y estatutos básicos, conservando así en el tiempo el bastidor movilizador.

Pero, encontramos en cada generación individuos proclives a la corrupción, que desean utilizar lo existente para acumular dinero personal y centralizar el poder bajo el puño del deseo subjetivo, donde someter para predominar y distinguirse del medio consume la razón del bien común. Este tipo de personalidad es individualista y aspira al más alto cargo dentro de la estructura, disponiendo de seguidores que conquista con argumentos genéricos de alto contenido progresista pero vacíos de métodos ortodoxos que recubren a la violencia e inmoralidad, sin proyectar continuidad ni aspiraciones futuras, apoyándose en presentes inmediatos de exquisitos coloridos.Si bien la metodología varía de manera acorde a cada personalidad, se repite en el transcurso histórico, ya sea con el cambio de nombres y héroes, debilitando la estructura, generando enemigos internos inexistentes, seccionado funciones de manera paralela, sectorizando pensamientos y demás argucias detectables con simplemente observar y escuchar al seudo paladín.

La única forma de detener este deterioro institucional resulta al definir claramente las obligaciones legislativas del medio, su cumplimiento y ejecución inmediata, tanto de manera preventiva como posterior a los hechos. Pero la esencia de esta conservación radica en la responsabilidad y temor de los individuos que deben llevar a cabo esta tarea, debiendo los mismos conservar su integridad y orgullo profesional, sin doblegarse ante los embates de la tormenta social, ni refugiarse ante palabras intimidatorias, ya que la obediencia a las estructuras es el único parámetro que conserva al ente social como tal dentro del transcurrir interno y externo; su ausencia es cómplice, y las consecuencias de la debilidad estructural fortalece al paladín que logra generalizar su aliento adúltero.

Abrigando estos conceptos de manera cálida y sincera, es posible enlazar un futuro promisorio, con progresos sociales generalizados, con garantías de seguridad y ofrecer a las generaciones incipientes un presente sano sin alucinógenos ni perspectivas delictivas. Una sociedad sana genera individuos robustos y cabales, que pueden acceder a todo, así como continuar desarrollando sus esperanzas en una cadena de logros dentro de un medio alegre y claro.

 
 
 
 
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